EL SURREALISMO NO MUERE/POESIA GUSTAVO SASSI/ EN TANGO PARA BAILAR SOLO
OJOS
La fiesta trae las patas
de avión con hélice de fuga de néctar
de los ojos.
Me arrodillo en vos de la misma manera
que el muerto hacia sus plegarias
en el ojo del volcán.
Hoy la abuela programó un eclipse de luna y
tuvimos que desarmar la pérgola que reventaba de
conejos.
Entonces el sol se puso detrás del abuelo
y la luna se fue sacando su caparazón blanco.
Es un truco.
Un caballo espantoso sin remedio.
Pero en navidad, cuando nos cortan los dedos,
el Crápula vuelve con sus amigos actores
y pisa las flores y dejan cabellos ebrios
en las ramas.
¡Anunciación! ¡Anunciación!
En la vespertina, es el frío el que muge
y los peces que nadan contra la corriente
terminan degollados en la pileta
para el puchero.
Amar... amar...
Cuando sea grande voy a amar
tengo todo lo que necesito
lo incierto
la sangre furiosa y bárbara.
LAS BUENAS MAÑANAS
Aguas dormidas debajo de las puertas,
aguas quietas,
hermanas.
Aguas de torrentes de ceniza, de fantasmas,
de carnes extrañadas con dolor
y están ahí:
al alcance de un suspiro;
en el centro de otras aguas más audaces.
¿Pero qué quiero?
Porque mojarme los labios no es posible.
Ni cerrar la puerta
en la cara de las estrellas.
Ni caminar sobre el agua, como una vez
que supe y ahora lo olvide.
Yo creo entonces que son eléctricas.
Que estas aguas han sido bebidas
y luego desechadas por cierto parásito
que anida en los marcos de las puertas.
¿O será el destino,
de que la casa vaya detrás de ellas,
sumida en una persistencia
de alcanzar el mar a cualquier precio?
Entonces rompe aquellos contratos que
bla... bla... bla... se apilaban en los márgenes
del génesis.
Prueba la hora hasta saber si sus fuerzas
son suficientes.
¡Y no olvides los vientos!
¡No te acerques tanto!
Desde alguna orilla, golpean las manos
a lo largo de toda la costa,
para que pueda oír, lo que no puedo ver.
Se están armando.
Uniéndose por especie y convalecencia:
Los objetos enfermos de fiebre y de estupor,
sin pronunciar un salmo ni una palabra,
no porque no hay, sino porque no se encuentran.
Pero ella tampoco alcanza,
porque la casa es como el viento.
Infantil.
Se entretiene con las formas de los desechos,
probando si el tamaño de un pie
puede descansar sobre una hoja o
sobre las lámparas que cruzan
la noche, arrebatadas de miedo,
de un miedo resucitador.
¿ Y si yo cambiara la intensidad con que miro?
Las aguas se volverían más profundas
o más frías,
o débiles a punto de partirse,
porque aún detrás de las lluvias
han estado pocos
y poco, demasiado poco, llega en estos días
de cualquier esplendor.
Entonces: ¿cómo detenerse, abrir los labios,
decir esto es reír;
estaba aun latente?
Sobre pequeñas maderas que provocan
esa música,
poblada de insinuaciones y secretos,
algunos reflejos se acuestan agitando las aguas,
pero las aguas quietas no se agitan,
no entran en lucha con estas furtivas migraciones.
¿Y si fuera que las aguas dormidas o quietas,
perdieran su inocencia y me reclamaran
una urgente decisión, un rito olvidado,
una ceremonia permanente al límite de todas mis fuerzas
y debiera atravesarlas a riesgo de ver con la palabra,
como cuando la vida cuesta un millón de muertes
y atravesar lo que esta quieto,
con lentitud también, quieto, inmóvil
y no querer, no hallar, no descubrir los más mínimos movimientos
y entre orilla y orilla,
si fuera posible,
detenerse y esperar:
que el agua hable, diga su discurso,
lave dolorosamente las inmundas memorias,
arranque con decisión
los paños que hipnotizan los huecos
y el cuerpo pierda pierda pierda
de una u otra manera
esa misteriosa forma de isla pura.
Gustavo Sassi


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15 Octubre 2009 | 11:38 AM